Carta para la Fiesta del Sagrado Corazón

Carta a la Congregación para la Fiesta del Sagrado Corazón de 2013.
Mis queridos hermanos Misioneros del Sagrado Corazón.
En nombre del Consejo y de la Administración General os deseo hoy a todos vosotros una santa celebración de la Solemnidad del Sagrado Corazón. Que la ocasión de nuestra fiesta patronal nos recuerde a todos nosotros quiénes somos y para qué hemos sido llamados a ser y a hacer.
Cuando nos llegó la noticia de la elección del Papa Francisco, recordé que unos meses antes había recibido la copia de una carta que el Arzobispo de Buenos Aires nos había escrito con la ocasión del traspaso a los Marianistas de la parroquia y de la escuela que teníamos en aquella ciudad. ¡Tenía ansiedad por saber qué había dicho de nosotros! No podía dar crédito a las palabras de alabanza y gratitud que tenía para nuestro superior de allí, el P. Paco Blanco, y para los otros hermanos que han trabajado en Argentina.
Son Ustedes auténticos discípulos de Jesucristo, escribía. Y continuaba explicando esto mediante una cita del documento de Aparecida de los Obispos de Hispanoamérica de 2007: “ya que sólo un sacerdote enamorado del Señor, puede renovar una parroquia. Pero al mismo tiempo debe ser misionero que vive el constante anhelo de buscar a los alejados y no se contenta con la simple administración”.
Es gratificante leer estas palabras sobre nosotros, escritas por el nuevo obispo de Roma. Sin embargo, pienso que, tomando como ejemplo la humildad del Papa Francisco, podemos decir que, más allá de esta realidad por la que estamos contentos, sus palabras son para nosotros un reto y una invitación.
Son unas palabras excelentes para la reflexión de hoy. Son un eco de un buen número de retos que nos dejó el P. Chevalier: ser “religiosos no a medias, sino del todo” (carta al P. Piperon del 5 de marzo de 1887); tener como modelo al Buen Pastor (cf. Const. 7), y llevar una vida y un apostolado “marcados por un amor sincero y ardiente al Verbo Encarnado” (Const. 11, y en todas las versiones de nuestras Constituciones desde la época del P. Chevalier).
Estar enamorado del Señor es la condición necesaria para que seamos agentes de renovación en la Iglesia. El amor es nuestra “fuerza impulsora” (Const. 34) Se alimenta de la contemplación de Jesús y compartiendo esa contemplación unos con otros.
Este es el primero y el más grande de los retos (¡y de todos los mandamientos!). Ser misionero que vive el constante anhelo de buscar a los alejados quiere decir “estar con la gente”, especialmente con aquellos con los que la sociedad no quiere “estar”.
Es el rasgo que otros ven a menudo en nosotros cuando dicen que somos “muy humanos”, o que “es fácil tratar con nosotros”, o que somos “auténticos discípulos de Cristo”.
¿Tiene el Papa una opinión de nosotros mejor de la que nos merecemos? ¡Es probable! Que nos sirva de acicate para llegar a esta valoración y para que seamos lo que tenemos que ser y para que seamos aquello a lo que nos ha llamado Jesús. ¡Feliz día de fiesta!
Mark McDonald, por el Consejo General. Roma, 7 de Junio, 2013.
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